El Guerrero Bardo, El Mensajero

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El Guerrero Bardo, El Mensajero

28/05/2021 Relatos Fantasticos 0

Los rayos de sol se filtran entre las hojas de los robles del bosque llamado Mynydd Glas. Los mirlos silban su canción. Saltando de rama en rama, evitando las espinas de las zarzamoras, comiendo sus frutos. Una liebre corre a toda prisa en su intento de huir del acoso de un halcón peregrino hambriento. El humo sale de una pequeña cabaña de piedra, con el techo de paja, en el centro de un claro. Sube con sus formas difusas, mientras el compás de un hacha hace astillas varios troncos para el fuego del hogar.

Las manos que la sujetan están curtidas, parecen ásperas. Poseen cayos de quien ha trabajado toda su vida. La respiración del ejecutor está tranquila como el agua de un río en su parte intermedia. La hierba verde sostiene sus pies envueltos en calzado de piel marrón. Sus pantalones de lino, entretejido con gran maestría, son ajustados con un cinturón de cuero. Tiene una hebilla de bronce con motivos tribales. Su torso brilla lleno de sudor, por el trabajo realizado con las luces matinales. Es un hombre musculado de edad avanzada, posiblemente unos Cuarenta y dos años lunares.

En su cara se refleja serenidad, sin estrés ni preocupación. En ella solo una cicatriz de forma irregular justo debajo de uno de sus ojos azul marino. Su cabello es largo, liso, negro como la noche más oscura. Se halla atado con una cinta de cuero fina.El viento le da en la cara suave como una caricia de mujer. El ruido de pisadas atropelladas en la espesura, aplastando hojas y ramas sin control llega hasta sus oídos. De entre los dos árboles más cercanos sale un muchacho de pelo castaño. Tiene ojos dorados con pupilas felinas. Su complexión es delgada. Va vestido de forma similar al hombre que corta la madera. Este se dirige a él, apresurado. El hombre deja el hacha caer al suelo. Le abraza, mesándole los cabellos, enmarañándolos por completo.

—¿Dónde has estado, pequeño bribón? —exclama alegremente.

—Por el bosque corriendo con los lobos, Maestro —respondió, recuperando el aliento que le faltaba por la carrera.

—Ve con cuidado —le advierte—. Los lobos pueden ser muy buenos aliados pero también un excelente enemigo.

—Si maestro Owen —asintió el joven, aceptando el consejo de su mentor.

—Dime Kalen, ¿Qué has experimentado con ellos? ¿Qué has aprendido? —dijo descansando un poco en su tarea. Para Owen era vital saber que el joven apreciaba sus lecciones. Que les sacaba provecho.

—La libertad de movimiento. La responsabilidad de mantener, de cuidar de la manada. El peso de ser un buen Lobo Alfa. Exige mucha responsabilidad —los pensamientos de Kalen parecían precisos. Como si hubiera estado meditando sobre ello antes de reunirse con su maestro.

—¡Bien hecho! Ve a lavarte las manos —señaló un cubo de madera lleno de agua—. En breve vamos a comer. Hoy empezaremos con las lecciones de bastón.

En una rama cercana se posa un cuervo con su plumaje oscuro, con sus ojos brillantes, viniendo desde el Este. Se queda observando a Owen hasta que conectan sus miradas. Los gestos del visitante, sus movimientos de cabeza, son intrigantes. Sin mediar graznido alguno, emprende de nuevo el vuelo hacia el horizonte.

—Kalen, quédate dentro de la casa. En unos momentos tendremos una visita de mal gusto —tras esta advertencia, el chico cierra la puerta, haciendo caso a su maestro. Mira desde una ventana cercana, con disimulo.

Owen se acerca a la pared de la cabaña. Coge entre sus manos un bastón de madera de Álamo, tan largo como él de alto. La sencilla arma está pulida, sin imperfecciones. En su superficie tiene talladas unas runas y motivos animales.

Volviendo la vista al horizonte, se empieza a ver una nube de humo provocada por el galope de un caballo, sin duda alguna. Se acerca rápido sin parar ni reducir el ritmo trepidante. Distingue una sombra, luego formas con colores. Al final un jinete a lomos de un corcel pardo, ostentando un estandarte rojo y verde con un trisquel de un jefe tribal. El jinete frena a poca distancia, enviando la nube de polvo hacia él.

—Maestro Owen, Melvin Brazo Fuerte, Jefe de Caer Carreg, exige tu presencia de inmediato —anuncia el Mensajero con tono despreciable. Mirando por encima del hombro al hombre del bastón. Posa su mano diestra en el pomo de su espada, con fuerza. Intentando imponerse, creyéndose superior.

—Aunque me gustaría mucho acceder a esta demanda, tengo la mala costumbre de no ceder ante las exigencias. Ni de jefes, ni de otros demandantes. Sobre todo si no me tratan con el debido respeto. Como tú por ejemplo —puntualizó a la vez que su mirada se tornaba seria y fría como el hielo.

—Entiendo —expresó el maleducado emisario, mientras bajaba de su caballo de un salto.

Este desenvaino la hoja de su espada en un solo movimiento. Owen permaneció inmóvil apoyado en su bastón. Ya en posición de ataque, este emprendió la ofensiva. Un simple movimiento fue suficiente para evitarlo, luego otro y otro. Ante la experiencia del Maestro, el atacante no era más que un mero principiante. Cansado de la situación bloqueo el arma con su bastón. Extendió la mano derecha emitiendo una vibración, dejando al oponente paralizado.

—¡Llonydd! —exclamó, mientras comenzaba a pasear alrededor del hombre inmóvil— ¿Sabes si quiera quién soy? ¿Sabes a qué orden pertenezco? Claro que no, lo deduzco por tu forma de pelear, no eres nada diestro —el hombre no podía ni contestar, aunque lo intentaba. Sentía miedo de aquel hombre. Tenía mucho poder—. Te lo explicaré en pocas palabras. Soy Owen, apodado el Joven Guerrero, de la orden de Guerreros Bardos de Caer Llyn. Si tu señor te envía a buscarme, es porque existe algo o alguien con el que no puede lidiar. Por ello, deberías dirigirte a mí con más respeto. Ahora bien, te dejaré ir sin golpearte. Dile a Melvin que en la próxima Luna llena, mi aprendiz y yo iremos a verle —extendió la mano de nuevo—. ¡Diwedd! —otra vibración recorrió su cuerpo pudiendo, una vez más, moverse libremente—. Ahora, ¡fuera de mi casa!

El asustado jinete montó a caballo. Con un grito ahogado partió a galope, por donde había venido. Sin mirar atrás, humillado. Una vez desapareció de su vista, giró en dirección a la cabaña, percibiendo el movimiento rápido de Kalen apartándose de la ventana.

—Ya has disfrutado del espectáculo, curioso gatito. A ver cómo te portas esta tarde en el entrenamiento —dijo con una sonrisa divertida en el rostro—. Vamos a comer, me rugen las tripas —termino diciendo, mientras traspasaba la puerta.