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Kalyath, Infancia e Ilusión

Una vez más la Puerta del Lamento se ilumina con su resplandor ardiente e infernal como ha hecho desde el día de su creación. Una nueva remesa, de difuntos, aparece por ella atados con grilletes de cadenas en los pies y las manos. Sus caras reflejan temor, fijan sus miradas al suelo para no ver lo que sucede a su alrededor. Los fuertes chasquidos de los látigos, de los miembros más novatos del escuadrón de las sombras, suenan al estallar en las espaldas de los pobres mortales. Van acompañados por gritos de dolor y heridas sangrantes. La escena no deja nada a la imaginación, aunque es un momento muy esperado por los habitantes de la ciudad.

Desde lo alto de un torreón cercano, al abrigo de un cielo rojo de nubes negras y azufre, alguien observa. Se trata de una pequeña escurridiza, ataviada con un vestido azul eléctrico y pelo oscuro cuál tizón. Mira la escena con mucho interés dibujando poco a poco una sonrisa en sus labios, emocionada. En su mente, un solo rondaba un pensamiento al ver a los aguerridos miembros del escuadrón. Algún día esperaba lograr ser una más del escuadrón. Pudiendo ascender al nivel de élite, que tienen el honor de servir a su señora Astaroth. Algo que le han inculcado desde muy pequeña, tal y como se hizo su padre cuando era más joven.

Una voz masculina se alza justo detrás de ella, haciendo que un escalofrío recorra todo su cuerpo. Se trata de una leyenda viva, Atheret, su progenitor y líder del escuadrón de élite. Este va vestido con un uniforme negro y púrpura, totalmente de cuero. Con los brazos cruzados, por delante del pecho, mantiene sus ojos carmesí fijos en la muchacha. Su larga melena azabache es mecida por una leve brisa, brindándole un aspecto aún más temible del habitual.

—Kalyath, ¿Quién te ha dado permiso para que subas al torreón? Deberías seguir con tus estudios en vez de estar viendo la entrada de los condenados. Flagelaré al responsable, por ser tan inconsciente.

—Fue… mamá —contesta con tristeza, al escuchar las palabras cargadas de dureza de su padre, ablandándole el corazón con su carita de seductora.

—Te prometo no castigarla. Ven a mis brazos para que lo veas mejor, pero luego vuelves a tus tareas —termino, esbozando una leve sonrisa hacía su hija.

La pequeña salto alegremente con los brazos extendidos al cuello de este, siendo atrapada al vuelo. Con las mejillas pegadas, continuaron observando la procesión. Los jóvenes afincados en tierra firme ordenaban una interminable fila de humanos que denominaban «carné fresca». Los condenados permanecían a la espera de su destino. Algunos serian dignos de ser convertidos en demonios de alguna de las familias imperantes. Otros servirían como esclavos. Los menos aptos serian objeto de torturas para los alumnos de la escuela de asesinos, Incubus, haciendo que estos avanzasen en sus materias.

Arrastrando las tintineantes cadenas de metal, la fila va alejándose seguida de los guardias que ríen a carcajada limpia con el sufrimiento de los recién llegados. Padre e hija, desde su ventajosa posición, les siguen con la mirada calle arriba, a cada paso que dan hasta que desaparecen por completo en dirección al palacio.

Publicado enRelatos Fantasticos

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