La Luz de Dios

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La Luz de Dios

28/05/2021 Relatos Fantasticos 0

Escucho los latidos de la sangre fluyendo a través de las heridas infligidas. Intento correr más rápido. El frío del invierno acuchilla mis pulmones en cada bocanada de aire que tomo. Huyo de mis agresores. Unos seres endemoniados de ojos rojos cuál rubí, dientes y garras afilados. Gritan excitados por la cacería con sus armas en las manos. Les siento cada vez más cerca.

El sonido de las sandalias al pisar la calle empedrada es como el crepitar de una hoguera. Mis  piernas se enredan descompasadas. Tropiezo tras un torpe movimiento de mis pies, cayendo al suelo entre expresiones de dolor y sangrando más a causa de la contusión.  No puedo más. Mis perseguidores están casi encima de mí. Me abandono al cruel destino,  con el terror marcado a fuego en mis ojos. ¿Este es el fin del camino para mi existencia? Miro al cielo estrellado pensando brevemente en todo lo que he vivido en mi corta vida. Espero el golpe de gracia, largo tiempo. No llega. Me extraña. Un poco más y nada, solo silencio.

Apenas veo nada en la oscuridad de la noche reinante. Intento concentrarme a ver si puedo distinguir algo. Por fin vislumbro un destello marrón seguido de dos brillos metálicos. Los cuerpos de mis agresores caen sin emitir ni un solo sonido, inertes, con la mirada perdida. Un hombre de espaldas a mí les mira impasible y frío como una estatua. Parece que espera que se levanten de un momento a otro. Eso no puede ser, pienso, ya están muertos.

Sin previo aviso, uno de los cadáveres salta hacia él con las manos en garra con unas uñas como las de un animal salvaje. El hombre no levanta su arma, le toca con un solo dedo en el pecho tras un rápido movimiento de su brazo. Surge un destello carmesí de su frente, apenas cubierta con una capucha. Ese ser que le atacó se retuerce de dolor encogido como un niño y aullando como un demente viendo su fin. El extraño se arrodilla clavando una rodilla de manera solemne en el suelo. Apoyándose en el pomo de su espada, susurra algo que no logro escuchar. A continuación cercena las cabezas de estos seres.

Por fin, el hombre que ha salvado mi pobre vida se gira hacia mí. Callado empieza a andar. Con paso firme y sereno llega hacia donde me hallo. Observo entonces que viste raro para la moda del momento en Francia. Va ataviado con unas botas marrón tierra, de cuero curtido, a la altura de la rodilla. Con pantalones negros como el carbón. Un cinturón con ajuste para un arma. En la parte superior, un peto negro tachonado con mangas de cota de malla. Una capa marrón de raso como la de un noble de Lyon y un colgante extraño al cuello, con un símbolo que no reconozco.

En la mano derecha lleva su espada. Es de acero forjado, con un cubre mano sencillo en forma de cruz cristiana con una piedra azul engarzada en el pomo. Mientras me fijo en estos detalles, inspecciona la herida de mi pierna. Aún no deja de sangrar a borbotones. Se quita los guantes y tras posarlos en la fría piedra impone las manos sobre el profundo corte. Otra vez ante mi mirada atónita, la luz carmesí surge de su frente.

Empieza una sensación incómoda. Duele, me  arde el cuerpo, miro y veo, como se va cerrando. Está cicatrizando. El líquido rojo de mis venas deja de fluir hacia el exterior. Los sentidos empiezan a nublarse. Me siento mareado, tiemblo de miedo de nuevo. ¿Es quizás algún tipo de magia negra?, ¿Ha venido el diablo a por mí? No, no puede ser, nadie cura a alguien moribundo de esta manera, con ese tipo de hechicería. Entre tanto este me mira y sonríe, tiene una mirada dulce y tranquila, de esas que podrían calmar a la peor de las bestias. Debe de haberse fijado en mis ropajes desgarrados, rotos cuál harapo, pues se desata la capa y me tapa con ella.

El viento sopla suavemente. Los largos cabellos, morenos, del extraño se mueven por su causa dejando entrever lo que parece una cicatriz en el medio de la frente. Un giro repentino, unas sombras se lanzan en picado hacia nosotros. Unas bestias enormes mitad hombres y mitad aves de cuerpo grisáceo. Este se levanta y extiende los brazos hacia ellas, con su característico fulgor carmesí. Las bestias se detienen de golpe en el aire, gritan, arañan, pero no logran avanzar. Presas de la desesperación toman impulso y chocan contra lo que parece una barrera invisible. Tras varios intentos y con un gruñido de amenaza, deciden darse la vuelta y regresar a donde quiera que pertenezcan. El extraño me coge en brazos, empezando a andar a paso ligero hasta un caballo atado a un árbol y me sube a él.

—Volverán antes de lo que crees, será mejor que abandonemos el lugar y busquemos un refugio —fue lo último que escuche que me decía antes de desmayarme.